Cemento “vivo”: científicos de Dinamarca presentan una innovación que almacena y recupera energía
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Convertir el cemento en una fuente de energía parecía, hasta hace poco, una excentricidad científica. Sin embargo, un equipo de investigadores en Dinamarca ha demostrado que es posible dotar a este material cotidiano de una función completamente nueva: almacenar electricidad y recuperarla cuando se necesite, casi como si fuera una batería oculta en las paredes.

Resultados iniciales sorprendentes

En pruebas de laboratorio, el cemento modificado alcanzó unos ≈178 Wh/kg, una cifra notable para un material estructural que hasta ahora solo servía para sostener cargas. Además, puede recuperar su rendimiento tras recibir nutrientes, incluso después de periodos de inactividad.

El proyecto está liderado por Qi Luo, investigador posdoctoral en ingeniería civil y arquitectónica en la Universidad de Aarhus, dedicado a reducir el impacto del cemento y transformar este material en algo más que un soporte estático.

Un supercondensador oculto en las paredes

En el modelo energético actual, el almacenamiento depende de baterías externas y equipos adicionales que requieren espacio y mantenimiento. Integrar esa función directamente en paredes, cimientos o puentes cambia por completo la lógica.

Este cemento funcional no busca sustituir a grandes baterías, sino cumplir un papel complementario:

  • Compensar picos de demanda.
  • Estabilizar la energía solar distribuida.
  • Alimentar pequeños sensores.
  • Mantener sistemas básicos durante microcortes.

Todo ello sin ocupar espacio adicional en edificios ya construidos.

cemento y energía
Una innovación biotecnológica abre la puerta a edificios autosuficientes y resilientes.

El corazón biológico: bacterias electroactivas

La innovación se basa en microorganismos electroactivos, en particular Shewanella oneidensis, una bacteria capaz de mover electrones hacia superficies cercanas. En lugar de ser un relleno inerte, estas bacterias crean una red redox que captura y libera carga eléctrica.

Para que sobrevivan en un material hostil —alcalino, denso y pobre en agua— el equipo diseñó una microred de canales internos por donde circulan soluciones con sales y vitaminas. Es un mantenimiento mínimo, casi como “dar de beber” a la pared.

El cemento se formula con una estructura de poros ajustada para permitir la movilidad de iones sin debilitar su resistencia mecánica, garantizando que siga siendo cemento con la misma capacidad de carga que el hormigón convencional.

Experimentos en laboratorio

Los resultados fueron sólidos:

  • Bloques capaces de encender un LED al conectarse en serie.
  • Recuperación de hasta un 80 % del rendimiento tras recibir nutrientes.
  • Funcionamiento estable incluso cerca de 0 °C.
  • Incluso cuando parte de los microbios muere, el material mantiene capacidad eléctrica gracias a un biofilm residual cargado de moléculas redox.

Se trata de un comportamiento híbrido: mezcla vida y material, y funciona mejor de lo esperado.

Retos y aplicaciones futuras

Integrar organismos en un material que debe durar décadas plantea desafíos:

  • Vida útil de los microbios.
  • Comportamiento en ambientes secos.
  • Exposición a contaminantes externos.
  • Estabilidad cuando el mantenimiento se retrasa.

Los primeros usos realistas serían sistemas autónomos de bajo consumo: sensores ambientales urbanos, balizas de emergencia o módulos solares distribuidos.

El siguiente desafío es la escalabilidad. Se estudian reservorios discretos que dosifiquen nutrientes en impulsos cortos, integrados en rutinas de mantenimiento de edificios. También será necesario establecer normativas y protocolos de seguridad para medir rendimiento eléctrico y garantizar la integridad estructural.

Un paso hacia ciudades resilientes

La industria de la construcción necesitará soluciones replicables, de bajo coste y fáciles de aplicar en obra. Este tipo de cemento funcional podría desempeñar un papel clave en la transición hacia barrios energéticamente resilientes y edificios autosuficientes.

Su mayor contribución, sin embargo, puede ser cultural: repensar los materiales cotidianos y concebir infraestructuras que no solo sostienen, sino que también producen, regeneran y apoyan. Un paso más hacia ciudades donde la energía fluye no solo desde grandes centrales, sino también desde sus propios cimientos.

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